Amargarse la vida. 

 

Hace tiempo que venía observando a mi alrededor algo que generaba un fuerte nudo en mi estómago, cierto malestar cuyo origen no acertaba a ubicar. Más bien se trataba de una sensación de desgana, de pesadez. Finalmente, creo que he identificado la causa. Se podría resumir en sólo cuatro palabras: la gente está triste. Sí, evidentemente la situación socioeconómica que vivimos está muchas veces en la base de este sentimiento.  No es fácil el día a día con el peso de las cargas familiares, económicas, personales, etc. que cada uno sobrelleva de la mejor manera que sabe o puede. Pero hay algo más. Debe haberlo. Esta tristeza, este desánimo se ha contagiado a muchísimas personas como si de un virus letal se tratase, propagándose a una velocidad de vértigo, acarreando desgana, falta de motivación, sentimientos de culpa, de inutilidad, y llegando incluso a auto infligirnos más negatividad, ayudando nosotros mismos a que se consoliden esos sentimientos. Es como si voluntariamente cogiéramos varias cuerdas y comenzáramos a atarnos piedras enormes a los tobillos con la intención de tirarnos al fondo del mar. El objetivo, parece ser, es que una vez estemos allí, nada ni nadie nos pueda rescatar. ¿Es esto lógico? ¿Tiene algún sentido?

 

      Hay personas que “necesitan” acertar en sus predicciones negativas, que funcionan desde lo negativo como forma de desenvolverse, de expresarse, de ser visibles. Todos conocemos a alguien que exagera sus síntomas físicos constantemente, indicando que algo grave le ocurre. Seguramente no le pasará nada, pero por una cuestión de hábitos y de probabilidad, algún día acertará: le pasará algo. Por ejemplo, una persona que fuma dos cajetillas de cigarrillos al día y cada vez que le duele el pecho insiste en que es un infarto, tarde o temprano es posible que le suceda realmente. El problema es que habrá estado viviendo durante muchos años con ese temor, ese miedo ante cualquier síntoma, estando preocupado, hipervigilante y de mal humor (por no hablar de las personas más cercanas a él, quienes habrán soportado durante todo ese tiempo a alguien quejumbroso y pesimista hasta la exasperación).

 

      Absorto en mis rumiaciones sobre todo esto, recordé un pequeño libro que leí hace varios años y que logró dibujar una sonrisa en mi cara desde la primera hasta la última página, a pesar de centrarse el texto en la amargura. Baste decir que la introducción recogía la siguiente “advertencia”: “Llevar una vida amargada puede hacerlo cualquiera, pero amargarse la vida a propósito es un arte que se aprende: no basta con tener alguna experiencia personal con un par de contratiempos”.

     

      El libro en cuestión es “El arte de amargarse la vida”, escrito por Paul Watzlawick, más conocido por su obra “Teoría de la comunicación humana”. El propio autor deja constancia de lo que nos vamos a encontrar si decidimos adentrarnos en su lectura:   …una introducción metódica, fundamental y basada en una experiencia clínica de decenas de años…  los mecanismos más útiles y seguros de la vida amargada”.

 

La lectura de esta breve, pero deliciosa obra, me llevó en su momento a situaciones de hilaridad extrema, y por otro lado a parar, pensar y replantearme algunos posicionamientos “humanos” ante determinadas situaciones que, ciertamente, te llevan indefectiblemente a “amargarte la vida”.

 

      Watzlawick, con su manera irónica de plantear estas situaciones, desde el sentido del humor, pero no carente de realismo, hace patente la tendencia del ser humano de ver siempre la botella medio vacía (más bien, completamente vacía, e incluso dando un paso más allá, de autoconvencernos de que no somos capaces de rellenarla de nuevo).  Nos hace sonrojarnos levemente al reconocernos a nosotros mismos en muchas de las situaciones que se describen. Siendo conscientes de esto, y observándolo con perspectiva, estos planteamientos deben obligarnos a reflexionar sobre nuestra forma de interpretar las situaciones, y cómo valoramos y tomamos decisiones con las que lo único que logramos es perjudicarnos, o como mínimo, hacernos más infelices.

 

Posiblemente, la intención de Watzlawick no era otra que, tras la lectura de su libro, fuésemos conscientes de cómo confrontamos erróneamente esas situaciones y de que debemos ser capaces de darles la vuelta, usando como herramientas el optimismo y, por supuesto, el sentido del humor.

 

      No me resisto a recoger aquí, a modo de pequeño cajón de sastre, algunos apartados, frases y conclusiones de este libro fundamentales para los que quieran realmente “amargarse la vida”:

 

·         Sobre todo esto: sé fiel a ti mismo… El acceso a la vida desdichada lleva indicaciones claras: se trata fundamentalmente de la convicción de que no hay más que una sola opinión correcta: la propia. Una vez se ha llegado a esa convicción, muy pronto se comprobará que el mundo va de mal en peor. El simple hecho de que los otros nos sugieran algo, ya es motivo para rechazarlo, incluso cuando objetivamente aceptarlo sería de nuestro interés. Pero el genio auténtico da un paso más: hasta rechaza lo que a él mismo le parece la mejor elección, esto es, rechaza las recomendaciones que se hace a sí mismo.

 

·         Cuatro ejercicios con el pasado. Es perfectamente posible convertir el pasado en una fuente de amarguras. Existen al menos cuatro mecanismos para ello:

           

1)   La sublimación del pasado: el aspirante a la vida amarga no tendrá mayor dificultad en ver su juventud como edad de oro perdida para siempre, convirtiendo esto en una reserva inagotable de aflicción.

 

2)   La mujer de Lot: Otra ventaja de aferrarse al pasado es que no deja tiempo de ocuparse del presente. El presente nos puede ofrecer contrariedades suplementarias. “La mujer de Lot miró atrás y se convirtió en estatua de sal”.

 

3)   El desdichado pasa a ser la víctima.Lo que nos haya podido causar Dios, el mundo, el destino, la naturaleza, los cromosomas y las hormonas, la sociedad, los padres, lo parientes o, sobre todo, los amigos, es tan grave que la simple insinuación de que quizás podríamos intentar poner algún remedio a la situación, ya sería una ofensa”.

 

4)   La llave perdida o “más de lo mismo”:Un borracho está buscando bajo una farola. Se acerca un policía y le pregona qué ha perdido, a lo que responde ‘mi llave’. Le ayuda en la búsqueda y no encuentran nada. El policía pregunta al hombre si está seguro de haberla perdido allí, a lo que responde; ‘no, la perdí allí detrás, pero allí está demasiado oscuro”. La ventaja de esta búsqueda está en que no conduce a nada, sino a más de lo mismo: nada. Pero tanto animales como hombres tiende a conservar estas adaptaciones óptimas en unas circunstancias dadas como si fueran las únicas posibles para siempre. Esto acarrea una obcecación doble: primero, que con el paso del tiempo la adaptación referida deja de ser la mejor posible; y segundo, que junto a ella siempre hubo una serie de soluciones distintas, o al menos ahora las hay. Esta doble obcecación tiene dos consecuencias: convierte la solución intentada en progresivamente más ineficaz y la situación es cada vez más difícil; y en segundo lugar, lleva el peso creciente del mal a la única consecuencia lógica aparentemente posible: a la convicción de no haber hecho todavía bastante para la solución del mal. Así, el efecto “amargante” está garantizado si el aspirante a la vida desdichada sigue dos normas: la primera es que no existe más que una sola, posible, razonable y lógica solución al problema, y si no se logra el éxito es porque uno no se ha esforzado lo suficiente; y la segunda, el supuesto mismo de que sólo hay una solución no puede ponerse nunca en duda.

 

·         La historia del martillo. Un hombre iba a pedir a su vecino que le prestara un martillo, pero durante el camino hacia la casa de éste se dedica a rumiar en su mente sobre si su vecino le prestará o no dicha herramienta, creyendo que al final no lo hará, y cuando se encuentra definitivamente frente al él, le insulta furioso. Basándose en esta historia, se proponen algunos ejercicios para amargarse la vida a conciencia: “sentado en un sillón, mire por la ventana hacia el cielo. Con alguna habilidad, pronto verá usted en su campo visual un gran número de círculos diminutos como burbujas que con los ojos quietos van bajando lentamente y al parpadear suben rápidos… Vaya al oculista. Éste intentará explicarle que se trata de ‘moscas volantes’ (miodesopsia) totalmente inofensivas. Entonces, piense que su oculista tenía el sarampión cuando se explicó esta enfermedad a los estudiantes de medicina de su promoción o que por puro amor al prójimo no quiere informarle del curso de su enfermedad incurable”. Otro ejemplo: “Tan pronto como usted esté suficientemente convencido de que se trama algo nefasto, consúltelo con amigos y conocidos. No hay método mejor para discernir a los amigos auténticos de los lobos con piel de oveja, que se mezclan de un modo solapado. Éstos se delatarán, a pesar de su astucia o a causa de ella, intentando persuadirle de que sus sospechas no tienen pies ni cabeza”. Por tanto, se concluye que quien se haya aplicado en estos ejercicios comprenderá que no sólo el hombre del martillo, sino cualquier ciudadano medio, debidamente adiestrado, puede conseguir llegar a este punto de haberse creado una situación difícil sin saber cómo lo ha hecho: “Desamparado en manos de los vaivenes de la fortuna insensible, puede usted, completamente seguro, amargarse la vida a sus anchas”.

 

·         El hombre que espantaba elefantes. No hablamos de la creación de un problema, sino de cómo evitarlo a fin de que perdure. Para aclararlo, hablemos del hombre que daba una palmada cada diez segundos. Cuando alguien le preguntó el motivo de este proceder, respondió que lo hacía “para espantar elefantes”. El observador le dijo “pero si aquí no hay ninguno”, a lo que respondió el hombre de las palmadas “¿ve como funciona?”. La moraleja de la historia es que rechazar o eludir una situación peligrosa de buenas a primeras parece la solución más razonable, pero por otra parte, también garantiza la permanencia del problema (lo que interesa para la meta de “amargarse la vida”). La eficacia de la evitación merece toda la confianza del aspirante a la vida desdichada.

 

·         Autocumplimiento de las profecías. Kart Popper dijo que la profecía del oráculo a Edipo se cumplió precisamente porque éste la conocía e intentó esquivarla. Lo que hizo para evitarla fue lo que hizo que se cumpliese. Aquí vemos otro efecto de la evitación; su virtud de atraer en determinadas circunstancias justo lo que pretende evitarse. Estas circunstancias son: primero, cualquier expectación, temor, convicción o simple sospecha de que las cosas evolucionarán en este sentido y no en otro. Segundo: la expectación no debe verse como expectación sino como realidad inminente contra la que hay que tomar rápidamente medidas para evitarla. Tercero: la sospecha es más convincente cuantas más personas la compartan o cuanto menos contradiga otras sospechas. Así, por ejemplo, basta la sospecha de que los otros cuchichean o se burlan de uno en secreto. Ante esto, el sentido común sugiere no fiarse de los otros. En esta situación, pronto “sorprenderemos” a los otros cuchicheando y disimulando sus risas y conspirando. La profecía, por tanto, se ha cumplido. Las profecías autocumplidas crean una determinada realidad casi por arte de magia, lo que es importante para nuestra “meta” de amargarse la vida. En resumen, la profecía de un suceso lleva al suceso de la profecía.

 

·         Cuidado con la llegada. R. L. Stevenson dijo que “es mejor viajar lleno de esperanzas, que llegar”, queriendo decir que la felicidad está en la salida y no en la meta. La llegada a la meta más augusta trae consigo el peligro del desasosiego. El experto en la vida desdichada tiene claro este peligro. La meta todavía no alcanzada es más apetecible que una vez ya alcanzada (en la luna de miel se acaba la miel antes de lo previsto). George Orwell dice que “la venganza es amarga”. Si ni siquiera la venganza es dulce, mucho menos lo será la llegada a una meta feliz. Por tanto: cuidado con la llegada.

 

·         Si me amases de veras, comerías ajo de buen grado. Entramos en el complejo campo de las relaciones entre los hombres. Bertrand Russell dijo: “las afirmaciones sobre objetos tenían que distinguirse cuidadosamente de las afirmaciones sobre relaciones”. Gregory Bateson indicó que “toda comunicación contiene siempre los dos tipos de afirmaciones, esto es, tiene un plano objetivo y otro de relación”. Una vez se ha captado la diferencia entre estos dos planos de comunicación, una está en disposición de enmarañarlos, no por equivocación, sino adrede. Un factor eficaz de interferencia en las relaciones consiste en dar al otro sólo dos posibilidades de elección, y cuando se ha decidido por una, culparle de no haber elegido la otra. En la ciencia de la comunicación, este mecanismo se conoce como “ilusión de alternativas” y su esquema es: si hace A, debería haber hecho B; y si hace B debería haber hecho A. Psicólogos y psiquiatras no saben explicar por qué todos tendemos a caer en la trampa de este mecanismo, cuando generalmente no tenemos problemas en rechazar una u otra alternativa si nos son presentadas por separado. Pero hay que aprovechar este mecanismo si uno quiere complicar las relaciones.

 

·         “Sé espontáneo”. En la estructura de la comunicación, la paradoja de “sé espontáneo” es la más difundida. Lógicamente, coacción y espontaneidad son incompatibles. Hacer algo espontáneamente porque lo mandan no es coherente. O uno actúa espontáneamente a su libre albedrío o cumple una orden, y por lo tanto, no actúa espontáneamente. Uno no puede hacer las dos cosas a la vez. Pero a pesar del peso de la lógica, no es así. Por ejemplo: la madre que exige a su hijo que haga las tareas escolares, pero además, ha de hacerlas “con gusto” (tu obligación tiene que agradarte).O el caso de la familia en la que la alegría se ha convertido en obligación. En esta familia, cuando se castiga al niño, se le dice “ve a tu habitación y no salgas hasta que estés de buen humor”. Da igual que la paradoja “sé feliz” venga por propia prescripción o de los otros. Es una más de las variaciones de “sé espontáneo”. La conducta espontánea es apta para estas paradojas: exigir que algo se recuerde u olvide de manera espontánea; desear un regalo y sentirse frustrado de recibirlo “sólo” por haber expresado el deseo, etc.

 

·         Si alguien me quiere, no está en su cabal juicio. Groucho Marx resumió el contenido de este epígrafe con la frase “Ni por asomo se me ocurriría hacerme socio de un club que estuviese dispuesto a aceptarme como tal”. Para obtener la meta de la “amargura”, el requerimiento clave del “principiante” en la búsqueda del amor es su falta de convencimiento de ser digno del amor de los demás. Con esto, ya se desacredita a todo aquél que quiere a alguien, pues el que quiere a alguien que no merece ser querido no está en su cabal juicio. Así se descubre la mezquindad no sólo del ser amado, sino también del amante y hasta del mismo amor. “Lo más práctico, en definitiva, es enamorarse desesperadamente de una persona casada, de un cura, de una estrella de cine o de una cantante de ópera. De este modo, uno viaja lleno de esperanza sin llegar nunca. Y, además, se ahorra la desilusión de tener que comprobar que el otro a lo mejor está dispuesto a aceptar la relación, con lo que inmediatamente se convertiría en inatractivo”.

 

·         “El hombre debe ser noble, dispuesto a ayudar y bondadoso”. Teóricamente, la ayuda desinteresada constituye un alto ideal y contiene su propia recompensa. Pero para sembrar la duda sobre el desinterés y la pureza de nuestras intenciones, basta con que nos preguntemos si no tenemos segundas intenciones (“¿lo hice para obligar al otro a estarme agradecido?”). El poder del pensamiento negativo no tiene fronteras: el que busca encuentra. La ayuda se puede convertir en un infierno: basta que nos imaginemos una relación en la que una persona predominantemente da ayuda y la otra recibe. La misma naturaleza de la relación sólo conduce a dos resultados posibles, siendo ambos fatales: la ayuda será un fracaso o un éxito. En el primer caso, hasta el “ayudante” más perseverante acabará por abandonar desengañado y amargado. Si en cambio es un éxito, el ayudado ya no necesita más ayuda, por lo que la relación se deshace, al no tener sentido ni motivo.

 

Oswaldo Paz Pedrianes.


Epílogo.



La lectura del libro de Watzlawick, con su tono irónico, invita a reflexionar. Por muy mal que estén las cosas, siempre podemos empeorarlas. Tenemos una sorprendente habilidad para echarnos tierra encima cuando más necesitamos respirar, así que debemos tomar conciencia de ello y proveernos de algunas “botellas de oxígeno” cargadas con optimismo, ganas, seguridad, fuerza y motivación que nos ayuden a recorrer el camino que nos acerque a nuestros objetivos y metas. Así que no lo dude: si se siente “amargado”, salga a buscar la botella que más se adapte a sus necesidades. Usted y los suyos lo agradecerán.


Oswaldo Paz Pedrianes


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