¿Por qué fracasa un terapeuta? (1)


       Seguramente a todos nos ha pasado. Muchas veces hemos tenido que responder a la curiosidad de nuestro interlocutor cuando nos pregunta sobre los motivos que nos llevaron a elegir nuestra profesión. Y si el camino que has elegido es el de la psicología y la terapia, ya has generado conversación y entretenimiento para toda la velada.

 

             Para justificar nuestra elección, los psicólogos solemos recurrir a lugares comunes, a tópicos habituales: la ayuda a los demás, la curiosidad por los entresijos de la conducta humana, etc. Y comienzas a hablar de las motivaciones que te orientaron hacia ese camino, tus expectativas de ser un gran profesional, tus años de estudio y formación, el primer trabajo en el que “por fin” pudiste ejercer tu profesión y aplicar tus conocimientos. Y también tus primeros fracasos, tus primeros varapalos, meteduras de pata, desmotivaciones,… y dudas. Golpes de realidad. Y fracasos, que al fin y al cabo, también son parte del aprendizaje y de la mejoría como profesional. Y aquí surge la pregunta: ¿Por qué fracasa un terapeuta?

 

            Evidentemente, cada uno tiene sus experiencias personales, y ha realizado sus análisis cuando determinadas intervenciones no han funcionado, o no han tenido todo el éxito que esperábamos. Personalmente, en la mayoría de las ocasiones en que surge este tema y se me pregunta directamente, acostumbro a relatar una situación real acaecida con un caso en el que realicé la intervención terapéutica. Llamo a dicho caso “La muñeca en la caja”. De forma breve, y para contextualizarlo, diré que asumí este caso cuando comenzaba mi labor como psicólogo de un Equipo de Intervención Especializada con casos de acogimiento residencial, esto es, con padres cuyos hijos habían sido declarados en desamparo por la Administración y se encontraban en un hogar de acogida. En este caso en concreto, asumí la intervención terapéutica con la progenitora. Se trataba de una mujer joven cuya hija de aproximadamente dos años se encontraba en uno de los hogares de acogida. Presentaba una problemática de adicción al alcohol, y tenía una historia de vida bastante dura, habiendo llegado a vivir en una cueva, y con delitos por los que pendía sobre ella una posible entrada en prisión, y algunos factores más que dificultaban la permanencia de su hija con ella. En ese momento convivía con una nueva pareja y la hija de éste, de unos 9 años.

 

            En el contexto de una intervención llevada a cabo por un terapeuta prácticamente principiante, uno de los factores determinantes fue la implicación (quizás excesiva) por parte del profesional. Se podría caricaturizar como “pobre mujer, voy a salvarla”. Por lo que estás muy encima de la intervención, asesoras, acompañas, vinculas emocionalmente, y como se van reflejando mejorías, apuestas por el acercamiento de la hija a su madre, ya que se dan las condiciones. Y de repente, todo el castillo de naipes se viene abajo: recaída en el consumo de alcohol,  resistencia a la intervención psicológica, y una clara diferenciación en el trato que ofrecía la progenitora a su hija en relación al que daba a la hija de su compañero, hacia quien evidenciaba un fuerte rechazo. Esto se hizo más evidente cuando aumentó el tiempo concedido para que la pequeña estuviese en el domicilio familiar: cuanto más tiempo podía disfrutar de su hija biológica, mayor rechazo hacia la hija de su compañero.

 

Una situación dantesca que presencié en ese proceso se produjo en una visita de seguimiento de la situación familiar, tras el periodo navideño que había disfrutado con su hija en casa. Se observó a la pequeña jugando con los regalos que le habían dejado los Reyes Magos, muchos, en el suelo del salón. Mientras, la hija de su compañero miraba, y cuando intentaba participar, la progenitora le llamaba la atención para que dejase jugar sola a su hija. Ante esto, se pregunta a la mayor de las niñas si le han dejado regalos los Reyes, respondiendo con una sonrisa que sí, que le han dejado una muñeca preciosa, y va a buscarla a su habitación. Cuando la trae, se observa que la muñeca sigue en su caja, sin haber sido abierta. Al preguntarle el por qué de esta situación, respondió que su “madrastra” no le permitía sacarla de la caja para jugar “porque podía romperla”. La niña no había podido jugar aún con su muñeca, y habían pasado varios días desde que había recibido el regalo.

 

Posteriormente, la situación de la progenitora se fue deteriorando, con episodios de ebriedad, conducta violenta, agresividad en el trato, responsabilización hacia la hija de su compañero, etc. Evidentemente, se modificaron los procesos de intervención y se tomaron las decisiones oportunas en cuanto a protección de las menores.

 

Este caso supuso en mi proceso de aprendizaje profesional un punto de inflexión. Intentaba equilibrar mi falta de experiencia con grandes dosis de motivación, trabajo e implicación. Cuando vives un proceso como este, en el que se realiza una alta inversión emocional, se produce una tormenta de emociones difícil de digerir. Y realizas la reflexión pertinente, buscando errores, equivocaciones, los motivos del fracaso del terapeuta. Y entras en procesos de autoculpabilización, dudando de tus capacidades, generando inseguridades, sintiéndote responsable absoluto de la situación.

 

            Hasta que en ese proceso reflexivo se toma conciencia de lo que ha pasado. Y comprendes que tú has hecho todo lo que profesionalmente está en tu mano, pero “que no lo puedes arreglar todo”, que existen problemáticas que se pueden suavizar pero no reparar, que hay personas que no podrán superar determinados problemas, o que no es el momento o la situación para ese cambio.

 

No quiero decir con esto que no se avance, que no se produzcan cambios en las dinámicas disfuncionales, sino que muchas veces “el error” lo generamos nosotros, y es consecuencia de nuestras elevadas expectativas y de nuestro excesivo nivel de implicación (una cosa es vinculación terapéutica, y otra cruzar la línea del amiguismo). Todos sabemos que cuando no se alcanzan las expectativas, aparece la frustración. La inexperiencia te lleva a sentirte mal ante fracasos en la intervención de este tipo, a tomarlo como algo personal, o a llegar a pensar sobre la persona en intervención que “me ha fallado”, como si realmente te debiera compensar por tu esfuerzo.

 

En este caso concreto, ¿dónde ha estado el error del terapeuta? Tras la reflexión y el repaso de todo el proceso de intervención, a las notas tomadas, a los informes realizados, a las valoraciones hechas, a las consultas y reuniones de Equipo y después así mismo de compartir la experiencia, comprendes que tu implicación había sido excesiva, que no supiste mantener el equilibrio, la distancia emocional, que descuidaste medir bien hasta dónde llegas y dejas que te lleguen las persona a las que atiendes. Que es necesario, de manera sutil pero firme, delimitar los límites, los roles.

 

Un proceso terapéutico está marcado por los sentimientos y actitudes que los participantes en la terapia tienen ante sí, y la manera en que los expresan. Personalmente, siempre me ha gustado la definición que Goldstein y Myers (1986) hacen de lo que es una relación terapéutica o positiva: “Sentimientos de agrado, respeto y confianza por parte del cliente hacia el terapeuta combinados con sentimientos similares de parte de éste hacia el cliente”.

 

Y así es, pero sin superar las “líneas rojas” que delimitan esa relación, pues las consecuencias pueden llevarnos a situaciones donde el terapeuta tiene más probabilidades de fracasar que de ayudar. El escenario posiblemente más adecuado para la construcción de una buena alianza terapéutica sería el que engranase tres componentes:

 

  • El vínculo emocional positivo entre cliente y terapeuta.

  • El acuerdo mutuo sobre las tareas terapéuticas.

  • El acuerdo mutuo sobre las metas de la intervención.

 

          Si construimos a partir de estos cimientos, seguramente reduciremos los errores del terapeuta.

 


Epílogo.




Muchas veces insistimos e insistimos en generar un cambio en la persona con la que realizamos intervención, pero por más que aplicamos todo el arsenal de herramientas que conocemos, no logramos los objetivos. En esas ocasiones, deberíamos revisar si realmente son los objetivos que desea el demandante, o si lo son pero no está dispuesto a esforzarse por alcanzarlos “en ese momento”.

 

Por más que insistamos en ofrecer pautas y alternativas, y aunque el problema sea real, si no hay predisposición al cambio no se va a modificar la situación. Si se sigue haciendo lo mismo, aplicando las mismas soluciones ya intentadas, el resultado también será indefectiblemente el mismo: no habrá mejoría. Es necesario ser capaz de detectar cuándo “no es el momento para el cambio”, y ser honesto con el demandante en esa situación. Es lícito: hay personas que no van a esforzarse en cambiar de un día para otro, o simplemente no perciben como tan importante el problema que les lleva a buscar ayuda profesional, priorizando su “zona de confort”, manteniendo su funcionamiento.

 

Un ejemplo de esto es la fábula de “El escorpión y la rana”. En ella, un escorpión le pide a una rana que le ayude a cruzar el río prometiéndole no hacerle ningún daño. La rana accede subiéndole a sus espaldas pero cuando están a mitad del trayecto el escorpión pica a la rana. Ésta le pregunta incrédula "¿cómo has podido hacer algo así?, ahora moriremos los dos" ante lo que el escorpión se disculpa "no he tenido elección, es mi naturaleza”.

 

…Quizás no era el momento del cambio para el escorpión.

 

Oswaldo Paz Pedrianes


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Comentarios: 2
  • #1

    Freddy García (domingo, 21 diciembre 2014 14:03)

    Excelente reflexión. Yo siempre digo que dentro de la profesión, es sano hacer uso de ciertas dosis de "anestesia emocional", para mantener una distancia operativa con la persona que pretendemos ayudar. Claro está, siempre se habla (y con razón) del "rapport". El problema está en encontrar un equilibrio. Y no siempre es fácil. Por eso conviene que un/a psicólog@, en ocasiones, también sea atendid@, y se le ayude a revisar el "significado" (no siempre ajustado) que le da a sus acciones.

  • #2

    Oswaldo Paz Pedrianes (domingo, 21 diciembre 2014 15:02)

    Completamente de acuerdo, Freddy. Especialmente en la necesidad de que los profesionales seamos atendidos y supervisados en nuestros procesos en algunas ocasiones... Alguien tiene que vigilar al vigilante, ¿no?...