¿Por qué fracasa un terapeuta? (2)

 

Y seguí pensando en ello. Rumiando. Dando vueltas en mi cabeza al fracaso, a sus motivos. A las inseguridades, a los miedos, a la incapacidad, a la falta de formación, al narcisismo, al acomodamiento, a la inconsciencia, a la sobre implicación emocional, a no tomar distancia, al “yo nunca me equivoco”, al creerte maestro cuando escasamente has sido un buen aprendiz, al oír pero no escuchar, al considerarte piloto de aviones cuando ni siquiera sabes montar en bicicleta.

 

            En todo eso pensaba. Y recordé un texto leído hace tiempo. Una lectura en la que, según avanzaba, mi sonrisa se fue transformando en sonoras carcajadas. Me refiero a “El arte de fracasar como terapeuta”. El autor de este texto es Jay Haley(1923 - 2007), una de las figuras fundamentales en la Terapia Estratégica. Haley realizó una redacción cargada de ironía y de inteligencia, ofreciendo un recetario de ideas que podemos utilizar para fracasar como terapeutas. Explicaba que todavía no existía en la terapia una teoría del fracaso: “Muchos clínicos suponen que cualquier psicoterapeuta que se lo proponga puede fracasar. No obstante, estudios recientes sobre el resultado de la terapia indican que los pacientes mejoran espontáneamente mejor de lo que se suponía. Estos resultados, a pesar de algunas teorías anteriores, muestran que entre el cincuenta y el sesenta por ciento de los pacientes anotados en listas de espera y pertenecientes a listas de control, no solo ya no desean tratarse al término del período de espera, sino que además se han curado realmente de sus problemas emocionales. Si estos resultados se confirman en estudios posteriores, un terapeuta incompetente, con sólo sentarse y rascarse en silencio tendrá éxito por lo menos en un cincuenta por ciento de sus casos. ¿Cómo puede entonces fracasar un terapeuta?”.

           

            Así, y continuando con su marcado sarcasmo, el autor concluye que si lo que se desea es que un terapeuta sea un verdadero fracaso, se debe crear un programa con el marco ideológico adecuado, que permita un entrenamiento sistemático durante un largo periodo de tiempo, seguramente años. Y para ello, el mismo Haley presenta un esquema donde recoge una serie de procedimientos que permitirán aumentar la probabilidad de fracasar a cualquier terapeuta, indicando que “incluso pueden ser utilizados por terapeutas sin talento especial”. Y Haley lo describió en doce puntos que recogemos aquí de manera esquemática:

 

1)  El camino directo hacia el fracaso se basa en un conjunto de ideas que, si se utilizan  combinadas, son casi infalibles.

 

·       Paso A: Insistir en restar importancia al problema que el paciente trae a la terapia. Así, el terapeuta nunca tendrá que examinar lo que realmente le aqueja.

 

·       Paso B: Rehusar a tratar directamente el problema que se presenta. Ofrecer en cambio alguna explicación; decir, por ejemplo, que los síntomas tienen “raíces” para evitar enfrentarse al problema que el paciente desea solucionar y por el cual paga dinero para ser tratado. De este modo aumenta la posibilidad de que el paciente no mejore, y las futuras generaciones de terapeutas podrán seguir ignorando la habilidad específica que se necesita para que la gente supere sus problemas.

 

 

·       Paso C: Insistir en que si un problema se alivia aparecerá otro peor. Este mito ayuda a no saber qué hacer con los síntomas; además, fomentará la cooperación de los pacientes (para no progresar), al crear en estos el temor a mejorar.

 

2)  Es importante confundir el diagnóstico con la terapia. Un terapeuta puede parecer un experto científico sin correr el riesgo de tener éxito en los tratamientos. Para lograrlo, basta utilizar un lenguaje diagnóstico que haga imposible pensar en procedimientos terapéuticos.

 

3)  Apoyarse en un solo método de tratamiento sin tener en cuenta la diversidad de problemas que aparecen en la consulta. A los pacientes que no se adecuan a este método se los debe considerar intratables y dejarlos librados a su suerte. Una vez que un método se ha mostrado reiteradamente ineficaz, no debe ser abandonado.

 

 

4)  No poseer una teoría sobre el cambio terapéutico, a menos que sea ambigua e indemostrable. No obstante, debe estar claro que resulta antiterapéutico dar a un paciente directivas de cambio; podría seguirlas y cambiar.

 

5)  Insistir en que sólo muchos años de terapia cambiarán realmente a un paciente. Hay pacientes que podrían mejorar espontáneamente sin tratamiento. Si se los puede convencer de que no se han curado, sino que sólo han huido hacia la salud, es posible ayudarles a recuperar su enfermedad reteniéndoles en un tratamiento prolongado. Afortunadamente, el campo de la terapia no posee una teoría de la sobredosis; por eso, un terapeuta hábil puede mantener a un paciente sin mejorar durante diez años sin que sus colegas protesten, no importa lo celosos que estén. Aquellos terapeutas que intenta prolongarlo a veinte años deberían ser felicitados por su coraje, aunque se les puede considerar temerarios.

 

 

6)  Como paso posterior para dominar a los pacientes que podrían mejorar espontáneamente, es importante advertirles sobre la frágil naturaleza de la gente y señalar que, si mejoran, podrían sufrir crisis psicóticas o dedicarse a la bebida. Si aún así parecen mejorar, siempre se los puede distraer poniéndoles en terapia de grupo.

 

 

7)  Otro paso para frenar a los pacientes que podrían mejorar espontáneamente consiste en centrarse en su pasado.

 

8)  El terapeuta debería interpretar lo que al paciente le resulte más desagradable acerca de sí mismo, para que surja en él la culpa y se quede en tratamiento con el fin de resolver dicha culpa.

 

 

9)  Es posible que la regla más importante sea ignorar el mundo real del paciente y acentuar en cambio la importancia vital de su infancia, de su dinámica interna y de sus fantasías. Se consigue así que ni el terapeuta ni el paciente traten de cambiar la relación de este último con su familia, los amigos, los estudios, los vecinos o el tratamiento. Si esto no se modifica, no podrá mejorar, y así se garantiza el fracaso mientras se cobra por escuchar interesantes fantasías.

 

10)                       Evítense los pobres porque se empeñarán en obtener resultados y no se los puede distraer mediante conversaciones profundas. Evítense asimismo los esquizofrénicos, a menos que estén bien drogados y encerrados en la prisión psiquiátrica. Si un terapeuta encara a un esquizofrénico desde el ángulo familiar y social, tanto el terapeuta como el paciente corren el riesgo de que éste se cure.

 

 

11)                       Es fundamental negarse con firmeza a definir el objetivo terapéutico. Si un terapeuta tiene alguno en mente, alguien podría preguntarle si lo logró; entonces, la idea de evaluar los resultados surgirá de manera más virulenta. Si es imprescindible definir algún objetivo, debe planteárselo de un modo tan ambiguo y esotérico que cualquiera que pretenda establecer si se ha cumplido abandone desalentado la tarea.

 

 

12)                       Resulta absolutamente imprescindible rehuir la evaluación de los resultados de la terapia. Si éstos se examinan, la gente que no está totalmente entrenada tiende a descartar los enfoques que no son eficaces y a desarrollar aquellos que lo son. La única manera de asegurarse de que la técnica terapéutica no mejore y que no se cuestione lo realizado consiste en ocultar los resultados y evitar cualquier observación sistemática y continuada de los pacientes. Errar es humano, y en la profesión es inevitable que unos pocos individuos anormales intenten realizar estudios de evaluación.

 

Haley concluye ofreciendo “cinco consejos que garantizan el fracaso”:

·         Sea pasivo.

·         Sea inactivo.

·         Sea reflexivo.

·         Sea silencioso.

·         Sea precavido.

 

Seguro que la lectura de estos procedimientos que nos propone Jay Haley para “fracasar como terapeuta” le ha arrancado más de una sonrisa. Lo preocupante es que, seguramente, algunos aspectos también le habrán recordado a alguien con quien se habrá cruzado en el ejercicio de su profesión, ¿verdad?

 


Complementario.


 

Jay Haley (1923 – 2007) es uno de “los grandes” de la Terapia Estratégica, de la que dijo: “No es un enfoque o teoría en particular, sino un nombre para el tipo de terapia donde el terapeuta asume la responsabilidad de influir directamente en las personas”.

 

Desde 1968 a 1975 trabajó con Salvador Minuchin en la Clínica Pediátrica de Filadelfia. El libro “Terapia no convencional” (1973), escrito en estos años, constituye un hito en su carrera. Se trata del enésimo tributo a las técnicas inimitables del maestro Milton Erickson, y también la obra en la que Haley comienza a dar una muestra de sus propias ideas como terapeuta estratégico: “En el curso de la terapia estratégica, la iniciativa está casi siempre en las manos del terapeuta que debe identificar el problema que hay que resolver, establecer los objetivos, proyectar las intervenciones que permitan alcanzar dichos objetivos, evaluar las respuestas que recibe para corregir su estrategia y, por último, examinar los resultados para saber si la terapia ha tenido éxito” (Haley 1973).

 

En el modelo de Haley, los síntomas se consideran señales de desequilibrio de la estructura familiar en la que los límites normales generacionales y jerárquicos están alterados por alianzas transgeneracionales de poder.  El modelo terapéutico es así mismo jerárquico porque la estructura de la familia -al igual que cualquier otro conjunto humano, incluida la díada terapeuta/cliente- es vista como una jerarquía en la que cada persona utiliza estrategias y tácticas para mantener, en la medida de lo posible, el poder de definir la relación con el otro. También es normativa porque provee la posibilidad de una estructura jerárquica “correcta”, que no produce patología. Los síntomas son vistos a través de un doble criterio: por un lado son modos de estabilizar la estructura jerárquica de la familia, por el otro, tácticas de poder personal. El terapeuta reorganiza las estructuras desequilibradas adoptando, a su vez, dentro de la terapia, estrategias y tácticas que anulan las continuas tentativas de los clientes de mantener el control de la relación.

 

Bibliografía de Jay Haley:

  • El arte de la terapia estratégica.
  • Las tácticas de poder de Jesucristo y otros ensayos.
  • Trastornos de la emancipación juvenil y terapia familiar.
  • Terapia para resolver problemas: nuevas estrategias para una terapia familiar eficaz.
  • Terapia no convencional: las técnicas psiquiátricas de Milton H. Erickson.
  • Terapia de ordalía: caminos inusuales para modificar la conducta.

 

Oswaldo Paz Pedrianes



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Comentarios: 6
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