Buscando soluciones

Muchas veces los profesionales de la terapia nos centramos en el problema que nos expone la persona que solicita ayuda. Y profundizamos cada vez más en ese problema, en el síntoma, hurgamos y hurgamos, nos ponemos nuestro equipo de espeleología completo, incluyendo el casco con linterna, y nos introducimos en las profundidades de la vida de la persona que tenemos delante. Y generalmente le pedimos que nos acompañe en ese descenso a esa oscura sima sin ni siquiera preguntarle si quiere ir con nosotros, o sin comprobar si padece claustrofobia. Y ahí vamos, con nuestro pico y nuestra pala, escarbando en la niñez del otro, en las relaciones con sus padres, filtrando e interpretando sentimientos y emociones, rascando para encontrar la “fecha exacta” en que empezó el “problema” y realizando asociaciones entre pasado y presente (¡y futuro!) que le den un sentido.

         

          Evidentemente, no hay una receta mágica que se pueda aplicar a todas las problemáticas. Desde mi criterio, este suele ser uno de los errores que más se producen en aquellos profesionales que se “especializan” en una teoría o en un método, que en muchas ocasiones “es el que está de moda”. Realizando una analogía simplista, es como si utilizamos la misma medicina para curar diferentes enfermedades: si doy ibuprofeno a un paciente por que tiene cefalea, seguramente le funcionará; pero si se lo doy a un paciente con hepatitis, pues obviamente el resultado no será el mismo. Que te haya funcionado en un contexto y circunstancias determinadas, no quiere decir que te vaya a funcionar en todas las circunstancias. Habrá que valorar cada caso y sus necesidades de manera independiente, y luego buscar y aplicar la “medicina” adecuada.

 

          Siguiendo esta línea, para obtener mejorías y solucionar determinadas problemáticas no es necesario en todas las circunstancias “bajar a la mina” de la historia de la persona, sino empezar a trabajar la dificultad “hacia adelante”. Esto es: centrarse en las soluciones, y no en el problema.

 

          La Terapia Centrada en Soluciones pone el foco en los recursos de las personas más que en sus déficits, en sus fuerzas más que en sus debilidades, en sus posibilidades más que en sus limitaciones. Esta orientación terapéutica se retrotrae a la figura de Milton Erickson, uno de sus precursores, pasando luego por la terapia breve centrada en los problemas del Mental Research Institute (MRI); y finalizando con el Centro de Terapia Familiar Breve (BFTC) de Milwaukee, quienes trabajaban con una tarea específica, la “tarea de la primera sesión”, diseñada para centrar la atención del cliente en el futuro y para crear expectativas de cambio, además de desarrollar otras “herramientas” para el abordaje terapéutico, que denominaron “Pregunta del milagro” y “Pregunta de la excepción”, muy utilizadas en este tipo de intervenciones.

 

          Así, tendríamos entonces dos enfoques diferenciados en función de dónde pondríamos el peso de la intervención: en el problema o en las potencialidades. Personalmente, me resulta muy completa la comparación que realizaron W. Hudson O’Hanlon y M. Weiner-Davids en relación a las premisas que fundamentarían la terapia orientada al problema y las que lo harían con la Terapia orientada a las soluciones. Estos autores diferenciarían:

 

      Presupuestos comunes en muchos modelos de terapia: 

  • Causas profundas y subyacentes de los síntomas: Los problemas son “síntomas” de alguna causa profunda y subyacente, enorme como un iceberg.

     

  • Para el cambio o la resolución de los síntomas son necesarios la conciencia o el insight: Para lograr el cambio en algo se debe ser consciente de la fuente o de la verdadera naturaleza del problema (Conciencia del problema).

     

  • Mejorar o eliminar los síntomas es, en el mejor de los casos, inútil y superficial, y dañino o peligros en el peor de ellos.

     

  • Los síntomas cumplen funciones: los síntomas se dan debido a que tienen alguna función a propósito de la vida de las personas. Si no tuviesen algún propósito, no persistirían.

     

  • Los clientes son ambivalentes respecto al cambio y muestran resistencia a la terapia: los clientes, en realidad, no quieren cambiar o al menos son ambivalentes acerca de la posibilidad de cambio.  

  • Los cambios reales requieren tiempo; las intervenciones breves son superficiales y no duran: el cambio real tiene lugar de la misma forma en que surgió la patología; a lo largo de un prolongado periodo de tiempo.

     

  • Centrarse en identificar y corregir patologías y déficit. 

  • Más allá de las creencias: estas ideas no son meramente presupuestos, sino “verdades”.

     

      Premisas de la terapia orientada a las soluciones: 

  • Expectativas: las expectativas del experimentador influyen en los resultados. Ya que lo que esperas influye en lo que consigues, los terapeutas centrados en las soluciones mantienen las presuposiciones que aumentan la cooperación cliente-terapeuta, fortalecen a los clientes y mantienen premisas que se centran en los recursos y las posibilidades. 

  • Los clientes tienen recursos y fuerza para resolver sus quejas: es tarea del terapeuta acceder a esas capacidades y lograr que sean utilizadas.

     

  • El cambio es constante: si admites esta premisa, te comportarás como si el cambio fuese inevitable.

     

  • El cometido del terapeuta es identificar y ampliar el cambio: centrarnos en lo que parece estar funcionando, por pequeño que sea, calificarlo como valioso y trabajar para ampliarlo.

     

  • Habitualmente no es necesario saber mucho sobre la queja para resolverla: lo importante para los terapeutas centrados en las soluciones es lo que los clientes hacen y qué les da buenos resultados.

     

  • No es necesario conocer la causa o la función de una queja para resolverla: los terapeutas que se centran en las soluciones no aceptan la creencia de que en los individuos, relaciones o familias, los síntomas (“quejas”) cumplen determinadas funciones. Lo que los clientes realmente quieren es aliviar el problema.

     

  • Sólo es necesario un cambio pequeño; un cambio en una parte del sistema puede producir un cambio en otra parte del sistema: Una vez que se hace un pequeño cambio positivo, la gente se siente optimista y con algo más de confianza para abordar nuevos cambios. Para resaltar esto, M. Erickson empleó la metáfora de una bola de nieve rodando por una montaña para describir la importancia de los pequeños cambios: “una vez que la bola rueda, el terapeuta solamente necesita apartarse del camino”.

     

  • Los clientes definen los objetivos: Lo que para una persona es una conducta inaceptable, resulta deseable para otra. Por ello, son los clientes y no los terapeutas los que identifican los objetivos a conseguir en el tratamiento.

     

  • El cambio o la resolución de problemas pueden ser rápidos.

     

  • No hay una única forma “correcta” de ver las cosas; puntos de vista diferentes pueden ser igual de válidos y ajustarse igual de bien a los hechos.

  • Céntrate en lo que es posible y puede cambiarse y no en lo que es imposible e intratable.

 

 

 

          Jay Haley comentó que “para que una terapia termine adecuadamente, debe comenzar adecuadamente, esto es, negociando un problema resoluble… el acto de la terapia empieza por la manera de examinar el problema”. En la misma línea, O’Hanlon y Weiner-Davids hablan del principio de incertidumbre en terapia, tomándolo de la física, concretamente de lo que decía Heisenberg: “la forma en que se observa altera los datos que se observan”. Por ello plantean co-crear con el paciente problemas resolubles: es preferible negociar una definición del problema que esté en nuestras manos y en las del cliente resolver. Tres orientaciones básicas para la negociación serían:

 

  • Hacer desaparecer la idea de que hay un problema.

     

  • Si esto no es posible, habría que negociar un problema resoluble, hacer que el problema parezca más manejable y menos impermeable a una resolución.

     

  • Y  por último, situar a los clientes en un marco en el que piensen que disponen de todas las capacidades y recursos para resolver su problema. 

 

Parece pues evidente la importancia en el proceso terapéutico de la negociación terapeuta – cliente como variable predictiva positiva en cuanto a la implicación y mejoría del problema planteado, y sobre todo en la concreción de los objetivos. Por ello, desde esta perspectiva centrada en soluciones, se considera fundamental la primera entrevista o  intervención, donde se utilizan diversas técnicas centradas en soluciones (preguntas presuposicionales, búsqueda de excepciones al problema, normalizar y despatologizar el problema,…).

 

Tras lograr centrar la atención del cliente en las excepciones, soluciones y recursos, y tras normalizar a su vez sus experiencias, el siguiente paso sería la definición de objetivos. Si bien se considera desde esta perspectiva que han de ser los clientes quienes expresen qué cambios quieren que ocurran, los terapeutas deben ejercer un papel muy activo, asegurándose de que los objetivos sean alcanzables y lo suficientemente concretos para saber cuándo se han alcanzado. Por ello es fundamental comenzar por cosas pequeñas a la hora de definir los objetivos, puesto que los pequeños cambios llevan a cambios adicionales. Posteriormente hay que aprovechar cualquier oportunidad para destacar tendencias positivas, realizando elogios y felicitaciones, o mediante la reestructuración o connotación positiva u otras técnicas para que se produzca un feedback positivo.

 

          Este sería el guión perfecto al iniciar la terapia de cara a asentar los cimientos de una intervención centrada en soluciones: poner el foco en las potencialidades del cliente, y que este sea copartícipe de establecimiento de sus objetivos. Pero si los clientes no logran identificar las soluciones o excepciones, se propone un “regreso al futuro” y realizando preguntas de “avance rápido”: se solicita a los clientes que imagine un futuro sin el problema y que lo describan. Una vez que el cliente ha descrito el futuro sin problemas, ha descrito también la solución.

 

Tras la entrevista inicial o primera intervención, el siguiente movimiento es realizar prescripciones para el cambio. Hay tres cosas que se intentan hacer: cambiar la  forma de actuar” en la situación percibida como problemática; cambiar la “forma de ver” la situación percibida como problemática; y evocar recursos, soluciones y capacidades que se pueden aplicar a la situación que se percibe como problemática.

 

Tras la primera sesión, hay que lograr en la segunda sesión y sucesivas ampliar y mantener el cambio.  O’Hanlon y Weiner-Davids refieren que habitualmente inician la segunda sesión y las siguientes comprobando los resultados de la tarea solicitada a los clientes. Suelen usa una pregunta presuposicional inicial cuidadosamente formulada, donde expresan su certeza de que han realizado la tarea y de que han sucedido cosas buenas. Esta pregunta es específica y no vaga. Una vez que los clientes dan a la pregunta inicial respuesta positiva, se realizan preguntas sobre las excepciones, logrando así ampliar los cambios. Así, se continúa hablando la mayor parte del tiempo de los cambios y de los aspectos positivos de los cambios.

 

La estructura de la segunda entrevista y de las siguientes depende de la magnitud del cambio entre las sesiones que describen los clientes. En general, los terapeutas centrados en soluciones mantienen y amplían los cambios en terapia al continuar atentos a las soluciones. Esperan que salgan a la luz los recursos y habilidades; si no aparecen rápidamente, los buscan. Si siguen sin aparecer, persisten hasta que ven o encuentran una apertura para el cambio. Si eso falla, cambian su forma de pensar y su línea de conducta. Si nada de eso tiene resultado, el terapeuta o el cliente terminan por desistir.

 

Ante este último “callejón sin salida”, habría sin duda que recordar una cita de W.C. Fields: “Si no tienes éxito a la primera, inténtalo, inténtalo de nuevo. Después, abandona. No vale la pena seguir haciendo el idiota”.

 


Oswaldo Paz Pedrianes



Complementario.


W. Hudson O’Hanlon es psicoterapeuta,  y uno de los principales valedores de la Terapia centrada en soluciones. Mantuvo una especial relación con Milton Erickson, quien le adiestró en el uso de la hipnosis  y la psicoterapia.

 

M. Weiner-Davis es Trabajadora Social y Terapeuta Familiar.

 

En su libro “En busca de soluciones. Un nuevo enfoque en psicoterapia” (obra en  la que fundamentalmente se basa el post anterior a este texto), estos dos autores realizan una solicitud al inicio de su lectura: acercarse al contenido con una “mentalidad de principiante”. Advierten al lector de que “…Puede que algunas de las cosas que escribimos pongan en tela de juicio algunos de tus presupuestos más apreciados y arraigados sobre la terapia. Hemos pasado muchos años ‘desaprendiendo’ ciertos presupuestos ‘básicos’ acerca de los problemas y la psicoterapia”.

 

O’Hanlon y Weiner-Davis subrayan, a la hora de enfrentarse a la lectura de su libro, que “…nadie tiene la respuesta definitiva ni la solución final de todos los dilemas humanos”, y para ilustrarlo cuentan la siguiente historia:

 

“Había una vez un hombre que daba una clase a padres sobre cómo ser padres. La tituló ‘Diez mandamientos para padres’ y los padres, inseguros de sus aptitudes, venían de todas partes a asistir a su clase y a aprender cómo ser mejores padres. En aquél entonces no estaba casado ni tenía hijos. Un día conoció a la mujer de sus sueños y se casó. Con el tiempo tuvieron un hijo. Entonces cambió el título de su clase: ‘Cinco sugerencias para padres’. Con el tiempo fueron bendecidos con otro hijo. Y entonces le puso un nuevo nombre a la clase: ‘Tres pistas provisionales para padres’. Cuando nació su tercer hijo, dejó de dar clase”.



Oswaldo Paz Pedrianes

 


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