Perderse en el camino (de las soluciones).

Decíamos ayer…”. Fray Luis de León, quien vivió en el siglo XVI, y que era Catedrático de Sagradas Escrituras en Salamanca, comenzaba invariablemente sus clases con esta frase (“decíamos ayer”) a modo de recapitulación de los contenidos explicados el día anterior. Pero fue encarcelado durante cinco años por la Inquisición, hasta que demostró la falsedad de las acusaciones. El día en  que retomó sus clases, a pesar de haber pasado cinco años sin ejercer, comenzó ante sus alumnos con la frase de siempre.


          Emulando a Fray Luis, “hablábamos ayer” (en un post anterior) sobre la Terapia Centrada en Soluciones, sobre la perspectiva de orientar el foco de la intervención hacia las capacidades y fortalezas del cliente, y no tanto hacia el problema. Centrarse en los recursos y no en los déficits. En esas pinceladas que dibujamos sobre la Terapia Centrada en Soluciones, nos guiamos por los presupuestos que proponían O’Hanlon y Weiner-Davids, en la línea de sea el mismo cliente el que busque, genere y aplique sus propios recursos para solucionar la problemática, y no hacer del problema en sí el centro del universo. De hecho hablaban estos autores de “despatologizar” el problema, normalizarlo.


           Personalmente, si me preguntasen cómo resumiría lo que quieren decir estos autores, o los postulados básicos de este modelo terapéutico, recurriría a un dicho que escuché hace tiempo: “Cuando alguien señala la luna, el tonto mira el dedo”. Quiero decir que  no hay que mirar tanto el problema, los déficits (el dedo), sino las potencialidades, recursos y habilidades del cliente (la belleza de la luna). Este modelo, al contrario que los más tradicionales, insistía en la necesidad de que el cambio o resolución del problema puede y debe ser rápido, no eternizar el proceso de intervención. Cuando releía las ideas centrales en que se asentaba esta propuesta, no podía evitar que llegasen a mi mente secuencia de las películas de Woody Allen, en las que sin excepciones, y fuera cual fuese la película, su personaje siempre presentaba un perfil hipocondríaco y acudía a interminables sesiones terapéuticas que caricaturizaba con la típica escena del paciente echado en el diván hablando de sus problemas, y terapeuta sentado tras él emitiendo gruñidos ininteligibles del tipo “mmmhhh” y “¡ajá!”, mientras el personaje de Allen recordaba en algún momento lo mucho que le estaban ayudando “los veinte años que llevo en terapia”. La Terapia Centrada en Soluciones rechaza esta duración excesiva e inútil, pero cuando plantea brevedad no significa que se realice una sola sesión y se finalice. Hace referencia a la inutilidad de alargar  una intervención sin necesidad. Cuanto menos tiempo conlleve la terapia, mejor para el cliente, pero se aplicará el tiempo que se necesite.


           En este contexto, como profesional, se ha de ser muy cuidadoso ante el riesgo de “perdernos en el camino de las soluciones”. O’Hanlon y Weiner-Davids realizan una serie de recomendaciones sobre aspectos que hay que evitar en terapia. Hacen referencia a algunas trampas en las que los terapeutas caemos a menudo. Según estos autores, si el terapeuta permanece en el camino de las soluciones, todo va bien; pero si se desvía, la terapia puede dar un giro poco provechoso, quedando atascada en la “ciénaga de la patología”, entrando en callejones sin salida, sin soluciones a la vista. Resumieron estos aspectos evitables en cinco:


 

  • No saber a dónde ir, ni cuando se ha llegado: ir de turista. Aquí se producirían tres “callejones sin salida”:


- Seguir los objetivos del terapeuta: si no son los objetivos del cliente los que están guiando al terapeuta, ¿qué es lo que le guía? A veces son las opiniones del terapeuta sobre lo que debe cambiar lo que estructura las sesiones. 

 

- Empezar con un objetivo vago:Los problemas, tanto si se les llama síntomas o quejas, deben ser algo que se pueda contar, observar, medir, o constar de alguna manera que se está influyendo sobre ellos. A veces el problema está en que el terapeuta nunca llega a tener una imagen clara del objetivo del cliente. 

 

- Perder de vista el objetivo:Teniendo una imagen clara del objetivo al principio del tratamiento, procuramos no perderlo nunca de vista. Cuando nuestros clientes hablan de sí mismos describiendo sus pensamientos, sentimientos y acciones, nos hemos de preguntar constantemente “¿De qué forma se relaciona esto con su objetivo?”. Estas afirmaciones de los clientes se pueden recoger en tres categorías generales: orientado a las metas, orientado al problema y por determinar.


  • Hacer lo que anteriormente no ha funcionado. Si las cosas no van bien, debemos investigar qué es lo que no da resultado, para evitar repetir soluciones ineficaces. Hablaríamos de tres “puntos muertos”:


- Repetir los enfoques ineficaces de terapeutas anteriores: no hay que ser un genio para saber qué no hay que hacer una vez que se sabe lo que no funcionó en las experiencias terapéuticas anteriores. 

 

- Repetir lo que tu cliente ha estado haciendo infructuosamente para resolver el problema:cualquier respuesta diferente de la que ya ha demostrado ser ineficaz tiene posibilidades de dar resultado. Repetir durante la sesión los intentos ineficaces de resolución del problema de los clientes o sugerir sin darse cuenta que hagan “más de lo mismo” entre sesiones es diseñar un plan probablemente condenado al fracaso.

 

- Repetir los consejos bienintencionados de familiares y amigos: Generalmente, antes de comenzar la terapia, los amigos y familiares del cliente ya le han ofrecido “útiles” sugerencias que han sido ineficaces o poco atractivas. Seguramente, el cliente estará receptivo a oír del terapeuta las viejas sugerencias, tal y como hizo con familia y amigos. A la inversa, lo que a menudo hace falta para ayudar a los clientes a salir de un punto muerto es una sugerencia encuadrada de tal manera que parezca contradecir el mismo antiguo consejo. Si te dicen: “Hablas como mi mujer (mi madre, mi marido, mi jefe)”, es que tienes problemas. Es necesario cambiar el rumbo.

 

  • No atender a las respuestas del cliente: Muchas veces olvidamos observar adecuadamente las reacciones verbales y no verbales del cliente. No observamos si el cliente está de acuerdo o en desacuerdo, confundido, enfadado o encantado. Nos limitamos a seguir adelante a ciegas, sin evaluar si tiene resultado o no. Ningún modelo, técnica o intervención terapéutica es inherentemente útil o inútil: sólo vale la pena si tiene resultado. Y la única forma de saber si algo funciona en terapia es observar y escuchar las reacciones de las personas tanto durante como entre sesiones. Después, “si funciona, no lo cambies. Si no, haz algo diferente”.

 

  • Divinizar la patología: O’Hanlon y  Weiner-Davids creen que la determinación de la gravedad de las situaciones es influida, conformada y moldeada durante el proceso de la entrevista. Por lo tanto, no llevar a cabo ciertas estrategias centradas en las soluciones reforzará sin duda la idea de que realmente hay un problema y que es complejo e inmanejable. Algunas conductas de los terapeutas parecen aumentar la probabilidad de divinizar la patología. A estas situaciones las denominan “pozos ciegos”, como los siguientes:


 - No advertir ni ampliar conductas, afirmaciones y actitudes orientadas hacia las soluciones. 

 

- No interrumpir afirmaciones o preguntas inútiles: una forma de evitar la cristalización de problemas o puntos de vista inútiles es lo que se denomina “interrupción terapéutica”. Lo que logramos cuando interrumpimos con un comentario o una pregunta es asegurarnos de que el paciente no se incline en la dirección de la patología y los problemas incurables. 

 

- Buscar resistencia:los terapeutas centrados en las soluciones prestan atención a los elementos de cooperación en la relación cliente/terapeuta y se apoyan en estos aspectos más productivos: ya no ven “resistencias”, lo que genera una relación de colaboración que puede facilitar la búsqueda de soluciones y su implementación. Si los clientes plantean objeciones o son reacios a seguir las indicaciones del terapeuta, se consideran preocupaciones legítimas que deben ser manejadas o incluidas en la discusión. 

 

  • Complicar las cosas: Cuando se alcanzan los objetivos del tratamiento, si los clientes no dicen nada, se les pregunta si tiene o no sentido terminar en ese momento. Un motivo por el que los terapeutas no terminan en el momento adecuado es que, incluso cuando ya no hay problemas, los clientes ofrecen detalles de sus vidas que parecen merecer intervención. Sin embargo, los altibajos son parte natural de la vida. La terapia no pretende ser una panacea para todas las dificultades de la existencia.



Así, si tenemos en consideración estas sencillas advertencias, dispondremos de un buen radar para detectar las trampas que la intervención terapéutica nos va poniendo en el camino, y no nos perderemos en él.

 

Oswaldo Paz Pedrianes

 

Epílogo


         En “Perderse en el camino (de las soluciones)”, recogimos una serie de recomendaciones que realizaban O’Hanlon y Weiner-Davids sobre aspectos que hay que evitar en terapia, realizando un desglose de cinco aspectos evitables.

 

En esta dirección, recordé un aspecto más a evitar desde mi punto de vista, y que siempre comento que, desgraciadamente, nos encontramos con frecuencia a profesionales con esta “dificultad”: el Síndrome “Salvator Mundi”.

 

      Mauricio Coletti, psicólogo italiano, ex asesor del gobierno de su país en materia de drogodependencia, definió este “síndrome” de la siguiente forma:

 

“…Algunos terapeutas sufren una especie de “furor curandi” que hace que se impliquen en la terapia mucho más allá de los deseos de los pacientes, que se motiven más que ellos y que abrumen a los pacientes con exigencias, emociones, consejos, etc. El resultado es un terapeuta que “desborda” energía y del que muchos clientes y pacientes acaban por huir despavoridos”.

 

Evidentemente, lograr que el paciente se marche no parece ser la mejor manera de ofrecerle ayuda.

 

 

Oswaldo Paz Pedrianes 


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