Comunicando en la relación terapéutica.

Un letrero al lado de un ciego que mendigaba en la calle decía: “Soy ciego, por favor ayúdame”. Una mujer que pasaba cogió el cartel y escribió otra frase, y lo dejó en el mismo sitio, pero con la nueva frase visible. Al rato, el ciego recibió varias limosnas. En el letrero se leía: “Hace un día hermoso, pero no lo puedo ver”. Con estas palabras, el impacto en los transeúntes fue mayor. Este es un ejemplo de cómo el poder de las palabras puede cambiar radicalmente nuestro mensaje y su efecto en los demás.

 

Esta pequeña historia titulada “El poder de las palabras” es un claro ejemplo de la importancia del contenido de nuestros mensajes a la hora de comunicar y de trasladar realmente lo que queremos transmitir a nuestro interlocutor.

 

La comunicación  y comprensión de los mensajes es fundamental  en la vida en general, y claramente en el desempeño de la terapia, donde el terapeuta ha de poseer una serie de capacidades de comunicación y actitudes básicas que favorezcan la relación terapéutica. Suele hablarse de tres actitudes básicas favorecedoras: la empatía, la aceptación incondicional, y la autenticidad.  Y se suele añadir una cuarta: la escucha activa, que es un elemento fundamental de la empatía. Muchos estudios han demostrado que existen asociaciones significativas positivas entre estas actitudes  y los resultados del tratamiento.

 

Saber escuchar es fundamental en terapia. Al escuchar:

 

  • Se facilita que los clientes hablen sobre sí mismos y sobre sus problemas, y que comunique información relevante.

  • Aumentan las probabilidades de comprender mejor al cliente.
  • Se potencia la relación terapéutica.

  • Se anima a los clientes a ser más responsables de su proceso de cambio y a ver al terapeuta más como un colaborador que como un experto.

  • Es más probable que la intervención terapéutica tenga éxito.

 

La escucha activa implica a su vez tres actividades: recibir el mensaje, procesar los datos atendidos, y emitir una respuesta de escucha.

 

  1. Recibir el mensaje: lo que implica atención e interés por el mismo. Prestar atención a diversos aspectos del cliente: comunicación no verbal (apariencia, expresiones faciales, mirada, postura…), comunicación verbal (lo que dice y en qué momento, lo que dice implícitamente, los temas recurrentes, las contradicciones en que incurre…), y actitud (hacia el terapeuta y hacia la terapia).

     

  2. Procesar los datos atendidos: saber discriminar las partes importantes y establecer su significado. Los valores y creencias del terapeuta y las emociones que experimenta pueden conducirle a interpretar sesgadamente el mensaje, de modo que oiga lo que quiere escuchar. Por ello, el terapeuta debe observar sus propios pensamientos y emociones en la sesión y autorregularlos en caso necesario.

     

     

  3. Emitir respuestas de escucha: Hay varias respuestas que se pueden manifestar mientras se escucha: mirada amigable, asentimientos de cabeza, inclinación y orientación corporal hacia el cliente, expresión facial de interés, comentarios del tipo “ya veo”, “si”, “entiendo”, etc. Una vez que el terapeuta interviene, comunica al cliente que le ha escuchado activamente mediante respuestas verbales de distinto tipo congruentes con lo que ha manifestado el cliente (síntesis, paráfrasis, etc.).

     

El terapeuta también ha de considerar otros aspectos que inciden en una escucha adecuada en el proceso de terapia, y que claramente “contaminan” o distorsionan la comprensión del mensaje. Cormier y Cormier (1991/1994) y Marinho, Caballo y Silveira (2003) nos hablan de algunos “obstáculos” para la escucha eficaz en terapia:

 

  • No tener interés por el cliente o su problema.

  • La tendencia a juzgar los mensajes del cliente.

  • Experimentar reacciones emocionales ante el comportamiento del paciente (por ejemplo: ansiedad, frustración, enfado) que resulta difícil controlar.

  • Distracciones asociadas con las propias preocupaciones.

  • Interrumpir al cliente de forma innecesaria.

  • No respetar los temas que son importantes para el cliente.

  • La tendencia a formular hipótesis firmes con pocos datos y a atender selectivamente a los datos que las confirman.

  • La tentación de responder a la información que el cliente todavía no ha comunicado formulando preguntas antes de tiempo.

  • Realizar interpretaciones u ofrecer sugerencias de forma prematura.

  • La presión que uno se impone para resolver problemas o encontrar respuestas.

  • Variables situacionales como el exceso de calor o frío, el ruido o la hora del día.

  • No encontrarse bien o sentirse cansado (por ejemplo, por exceso de trabajo o por falta de sueño).

 

   Parece pues evidente que el buen terapeuta ha de tener en cuenta multitud de aspectos para desarrollar una buena comunicación en la terapia, especialmente a la hora de escuchar realmente a la persona que tiene delante. Si no escuchamos, procesamos, comprendemos y devolvemos acertadamente la información que se nos transmite, difícilmente seremos capaces de encontrar soluciones.


Oswaldo Paz Pedrianes



Complementario.


“Teoría de la comunicación humana.        Interacciones, patologías y paradojas”.


       (Paul Watzlawick, Janet Beavin Bavelas y Don D. Jackson).

 

Los autores, miembros del equipo que trabajó diez años en Palo Alto (California) con Gregory Bateson, estudian aquí la pragmática de la comunicación interpersonal. La comunicación es considerada como una relación cualitativamente diferente de las propiedades de los individuos que participan en ella.

 

Después de definir ciertos conceptos generales, los autores presentan las características básicas de la comunicación humana e ilustran sus manifestaciones y sus posibles perturbaciones. Los distintos aspectos de la teoría son ejemplificados mediante un análisis de la pieza ¿Quién teme a Virginia Wolf?, de Edward Albee.


Se analiza la importancia especial de la paradoja y la contradicción en la comunicación humana, tanto desde el punto de vista de la patología como de la terapia. La conducta perturbada es vista como una reacción comunicacional ante una situación que tiene determinadas propiedades, y no como una enfermedad localizada en la mente del individuo. Se discute también la famosa teoría del doble vínculo sobre la esquizofrenia, y se ejemplifica la situación contradictoria que caracteriza al doble vínculo en unas variadas situaciones interpersonales, incluida la psicoterapia. En el último capítulo se establece una comparación entre la teoría de la comunicación y el punto de vista existencial.

 

Dentro de la nueva literatura sobre los fenómenos de la comunicación humana, este libro se ha convertido ya en un clásico.



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