Pruebas de confianza


En el establecimiento de la relación terapéutica, especialmente en las fases iniciales, se producen ciertos “juegos” que buscan de algún modo delimitar el tipo de relación terapéutica que se va a establecer. Comúnmente tiene relación directa con la “lucha” por la asimetría versus simetría que cada parte puede intentar alcanzar en la relación terapeuta – cliente. También pueden aparecer las conocida “resistencias” a la intervención que esconden otros aspectos de fondo. O el propio intento de boicotear la terapia por parte del demandante, ya que así logra mantener la disfuncionalidad de su sistema.

Existen una gran variedad de “movimientos” en el proceso de vinculación con distintas finalidades. Uno de los más llamativos, en el que nos vamos a detener en este texto, son las llamadas “Pruebas de confianza”. A través de ellas, el demandante tantea hasta dónde puede abrirse al terapeuta. Son maniobras sutiles de los clientes para obtener datos sobre el grado en que pueden confiar en el terapeuta.

Fong y Cox distinguen seis formas típicas de pruebas de confianza:


1) Solicitar información (que significaría: ¿Puedes entenderme o ayudarme?”).

  • Al hacer algunas preguntas (p.ej., ¿tienes hijos?, ¿cuánto tiempo llevas casado?, ¿has visto a muchos pacientes como yo?), los clientes pueden estar buscando no una respuesta objetiva, sino si el terapeuta es capaz de comprenderles.
  • Una posible respuesta a la primera pregunta sería: “Sí, tengo dos hijos. Me pregunto si crees que puedo entenderte mejor por el hecho de tener hijos”.


2) Relatar un secreto (que significaría: “¿Puedo mostrarme vulnerable o correr riesgos contigo?”).


  • Los clientes pueden revelar secretos (p.ej., una infidelidad conyugal, un aborto) para observar las reacciones del terapeuta y comprobar si es seguro autorrevelar aspectos personales.

     

  • Un terapeuta debe responder con aceptación no valorativa, confidencialidad y sin explotar la vulnerabilidad del cliente.


3) Pedir un favor (que significaría: “¿Puedo confiar en ti?”).


  • Los clientes pueden pedir al terapeuta favores, adecuados o inadecuados, y esta petición puede ser una prueba de confianza.

     

  • Si el favor es razonable, se responde afirmativamente y, lo que es fundamental, se cumple lo prometido.

     

     

  • Si el favor no es razonable, se indican al cliente directamente, pero con tacto, los motivos que impiden la respuesta afirmativa.

     

  • No es aconsejable poner excusas, acceder a realizar el favor o decir que sí para luego no cumplir lo prometido.


 4) Subvalorarse (que significaría: “¿Puedes aceptarme?”). 


  • El paciente revela aspectos negativos propios (p.ej., uso excesivo de mentiras, descuido en el cuidado de los hijos) y observa las reacciones verbales y no verbales del terapeuta.

     

  • Este debe responder neutralmente (p.ej., mediante asentimiento no verbal, uso de paráfrasis, etc.) en vez de juzgar las acciones del cliente.


5) Molestar al terapeuta (que significaría: “¿Dispones de límites firmes?”).


  • Cancelando citas en el último momento, cambiando las horas de las citas, llegando tarde, solicitando hacer una llamada telefónica durante la sesión…

     

  • Si esto ocurre un par de veces sin causa justificada, el terapeuta debe responder directamente y establecer límites.

     

     

  • Así, si llega tarde,  hacerle ver que si se prolonga su sesión, se perjudica a los que vienen después y si se termina puntual, la sesión es más breve.



6) Preguntar por las razones del terapeuta (que significaría: “¿Es real tu interés?”).  


  • Buscando la respuesta a una pregunta del tipo “¿Te interesas realmente por mí o sólo porque es tu trabajo?”.

     

  • El terapeuta debe responder con una frase que indique su interés (supuestamente genuino) por el cliente.

  • Así, si un paciente le dice al terapeuta que debe ser muy cansado atender a varios clientes, el terapeuta puede reconocerle que supone un gasto de energía, pero que conserva suficiente energía para dedicársela a él.


            Con estas indicaciones, el terapeuta ya dispone de herramientas para no meter el pie en esos “cepos” que el demandante nos coloca en el camino en forma de “Pruebas de confianza”. Si a pesar de ello, sigue usted pisándolos, hará bien en comprar un detector de metales.


Oswaldo Paz Pedrianes


Epílogo



Confianza. Confiar en uno mismo. No rendirse. Un bonito cuento sobre la necesidad de aprender a no creer que “no puedo”.



EL ELEFANTE ENCADENADO

Jorge Bucay


 Cuando yo era pequeño me encantaban los circos, y lo que más me gustaba de los circos eran los animales. Me llamaba especialmente la atención el elefante que, como más tarde supe, era también el animal preferido por otros niños. Durante la función, la enorme bestia hacía gala de un peso, un tamaño y una fuerza descomunales... Pero después de su actuación y hasta poco antes de volver al escenario, el elefante siempre permanecía atado a una pequeña estaca clavada en el suelo con una cadena que aprisionaba una de sus patas.


Sin embargo, la estaca era sólo un minúsculo pedazo de madera apenas enterrado unos centímetros en el suelo. Y, aunque la cadena era gruesa y poderosa, me parecía obvio que un animal capaz de arrancar un árbol de cuajo con su fuerza, podría liberarse con facilidad de la estaca y huir.

El misterio sigue pareciéndome evidente.

¿Qué lo sujeta entonces?

¿Por qué no huye?

Cuando tenía cinco o seis años, yo todavía confiaba en la sabiduría de los mayores. Pregunté entonces a un maestro, un padre o un tío por el misterio del elefante. Alguno de ellos me explicó que el elefante no se escapaba porque estaba amaestrado.

Hice entonces la pregunta obvia: «Si está amaestrado, ¿por qué lo encadenan?».

No recuerdo haber recibido ninguna respuesta coherente. Con el tiempo, olvidé el misterio del elefante y la estaca, y sólo lo recordaba cuando me encontraba con otros que también se habían hecho esa pregunta alguna vez.

Hace algunos años, descubrí que, por suerte para mí, alguien había sido lo suficientemente sabio como para encontrar la respuesta:

El elefante del circo no escapa porque ha estado atado a una estaca parecida desde que era muy, muy pequeño.

Cerré los ojos e imaginé al indefenso elefante recién nacido sujeto a la estaca. Estoy seguro de que, en aquel momento, el elefantito empujó, tiró y sudó tratando de soltarse. Y, a pesar de sus esfuerzos, no lo consiguió, porque aquella estaca era demasiado dura para él.

Imaginé que se dormía agotado y que al día siguiente lo volvía a intentar, y al otro día, y al otro... Hasta que, un día, un día terrible para su historia, el animal aceptó su impotencia y se resignó a su destino.

Ese elefante enorme y poderoso que vemos en el circo no escapa porque, pobre, cree que no puede.

Tiene grabado el recuerdo de la impotencia que sintió poco después de nacer.

Y lo peor es que jamás se ha vuelto a cuestionar seriamente ese recuerdo.

Jamás, jamás intentó volver a poner a prueba su fuerza...

Todos somos un poco como el elefante del circo: vamos por el mundo atados a cientos de estacas que nos restan libertad. Vivimos pensando que «no podemos» hacer montones de cosas, simplemente porque una vez, hace tiempo, cuando éramos pequeños, lo intentamos y no lo conseguimos. Hicimos entonces lo mismo que el elefante, y grabamos en nuestra memoria este mensaje: No puedo, no puedo y nunca podré.

Hemos crecido llevando ese mensaje que nos impusimos a nosotros mismos y por eso nunca más volvimos a intentar liberarnos de la estaca.

Cuando, a veces, sentimos los grilletes y hacemos sonar las cadenas, miramos de reojo la estaca y pensamos:

No puedo y nunca podré.



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